LA LEYENDA (EL ROSARIO DE AMOZOC)
Ya muy rara vez escuchamos dichos como: “Acabo como el Rosario de Amozoc”, término que se utilizaba para indicar que una fiesta, reunión, convivio, baile o lo que fuera había terminado en pleito, desorden o riña. Recordemos de donde surgió tan célebre frase.
Cuenta la leyenda:
“Verde y tranquilo es AMOZOC. Una calle y silencio, otra calle y silencio; otra y otra más, y únicamente sosiego profundo, paz inalterable. En este pueblo se labra exquisitamente el hierro. En este pueblo cada año, por el mes de Julio, se hacía solemne y vistosa procesión, de gran fama en toda la intendencia de Puebla. Desfilaban en ella todos los vecinos, ricos y pobres, llevando cada uno de ellos en alto, con orgullo, con amor, un Santo Cristo. La procesión de los Cristos, se le decía. Grandes, pequeñas y medianas imágenes de variadas formas, de madera colorida, rojas de sangre, llenas de anchas heridas, de cicatrices, de llagas abiertas, de cardenales de largos verdugones, con luengas cabelleras humanas y con cendales o enagüillas bordadas, ya de oro, ya de plata, ya de seda de colores. Iban también gráciles Cristos de marfil, negros Cristos de hierro, de bronce, de plata sobredorada; hasta los niños conducían crucifijos pequeños de un palmo, que salían de un ramo de flores bien compuesto.
Se rezaba el Rosario con música y con cantos en todos los misterios; y al terminar, siempre entre gozosos cuchicheos de aprobación, se ponían a andar la larga procesión de los Cristos. Recorría la amplia nave, entraba por la antesacristía, en donde estaba apostado el sacristán, que a modo de limosna, cobraba a cada Cristo medio real por derecho de peaje. Pero un año, el de 1797, sí sucedió algo espantoso que lo conmovió y puso su nombre en toda la Nueva España. Con la pompa de siempre se hizo la famosa procesión de los Cristos, y al salir esta por la antesacristía, en donde se apostaba el sacristán que iba cobrando el medio real que desde tiempo inmemorial se pagaba como peaje a la iglesia, una vieja puso el reparo que no era justo que diese ella ese medio real llevando un Cristo tan chico y que igual cantidad entregase el señor que iba adelante con uno de gran tamaño. Empezó a regatear la vieja y el sacristán a no ceder, alegando con infinitas razones, que era precio fijo lo que se cobraba y que no concedía rebajas por no estar autorizado para hacerlas.
Discutía caudalosamente la vieja cicatera, que no iba a pagar el medio, que daría, cuando más una cuartilla, y que aun así dijera su merced que le fue bien, porque aún era mucho dinero los tres centavos que estaba ofreciendo. Terció muy acalorado en la disputa el del Cristo grande y se trabó violento altercado; a los que venían detrás de la viejecilla, se aglomeraron ansiosos en la puerta de la antesacristía para enterarse por qué era esa discusión interminable, y los que iban delante del que llevaba el Cristo colosal se regresaron también a ver, a oír lo que pasaba, y ya muchos empezaron a dar razones, ya en pro, ya en contra de la vieja regateadora y tacaña. Nadie se movía. Vinieron empujones más fuertes y palabras agrias y ofensivas. El enojo hizo que se pasara pronto a las manos y volaron bofetadas rotundas, estallaron sonoras cachetinas, con que llegó a parecer la iglesia, atareada tortillería. Ya todo fue escándalo y confusión llena de gritos. De los golpes con las manos, se pasó a darlos bonitamente con los Cristos, que eran magníficas armas contundentes, y todo el mundo, entre un gran alboroto, las esgrimía defendiéndose o atacando con denuedo.
Los procesionales que ya andaban en la calle cantando muy devotos, regresaron veloces, a todo correr, a enterarse por qué era ese escándalo magno, y como cuando menos lo esperaban, les tocaba en medio de la cara un cristazo descomunal como consecuencia funesta, en el acto tomaban parte muy activa en la formidable contienda y empezaron a repartir con loco frenesí, porrazos a diestra y siniestra para compensar en algo los que recibían. Ya ninguna mujer traía por la cabeza tápalo o rebozo, sino que andaban desgreñadas, como furias locas, en aquella trifulca, y traían sangre, altos chichones y daban grandes voces y se quejaban a gritos. Todo mundo ardía de furor y aumentaba el tumulto, distribuyendo por todos lados enormes mamporros, con satisfacción insuperable. Todos andaban desgarrados y desgañitados de vociferar y con las caras cubiertas de sangre, pues, como en aquella apretura no se podía pegar en los cuerpos, los porrazos iban a la cabeza con ímpetu increíble.
Claro está que no quedó en la contienda ninguna imagen completa; sin cabezas, sin brazos, sin piernas éstas últimas las traían esgrimiéndolas de un lado para otro. Los Cristos de gran tamaño se manejaban a dos manos; solo los de hierro, los de plata y los de bronce, estaban casi ilesos, nada más las cruces, torcidas algunas, partidas otras, por no haber dado en las resistentes cabezas de los amozoqueños. Don Manuel de Flor y Tejada, Conde de la Cadena, intendente de la Puebla de los Ángeles, mandó que suspendieran para siempre esas tales procesiones, porque no era debido que si sobrevenía otra tremolina como la sangrienta que acababa de pasar, se usaran de armas ofensivas las santas imágenes de Cristo crucificado.
Terminaron con esto para siempre, las muy mentadas y célebres procesiones de Amozoc. Desde fines del siglo XVIII, en que sucedió este grandioso zafarrancho, empezó a correr por toda la Nueva España la frase: “Acabó como el Rosario de Amozoc”.
Comentarios